viernes, diciembre 09, 2011

Hediondo país de mierda

Todo va mal por acá, seguro también por allá, pero allende se allanará el ayer y acá acabará acaeciendo el acabóse.
Por qué todo funciona tan mal en este país es algo que me intriga, fascina y exaspera a partes iguales. Miento, la parte contratante de la tercera parte tiene un peso específico en esta despreciable función y lo funcional, más a menudo de lo que desearíamos, no encuentra un correcto funcionamiento en este territorio que habito y habitamos y que, como es también habitual, siempre termina significando todo lo contrario.
He aquí una ligera ejemplificación condensada en una terna de preguntas:
- ¿Por qué tantos teleoperadores de compañías telefónicas se superan uno tras otro, por muy increible que parezca, en su gratuita e ilimitada demostración de idiocia congénita?
- ¿Por qué cualquier tipo de solicitud termina transmutándose en un error difícil de corregir , confirmando así la regla no escrita del "si te esfuerzas en no hacerlo mal acabará resultando mucho peor"?
- ¿Y por qué en este país que alberga más empleados públicos que comerciantes y hosteleros se hace necesaria una revisión de ineptitud generalizada?
Más de tres millones de personas encumbradas en el podio europeo de la ineficacia administrativa, ahí es nada. Y no lo digo solo yo, no te equivoques, lo dices también tú y él, y si preguntas a aquel desconocido que hay al otro lado también te dirá lo mismo que yo, y que tú, y que también él.
¿Por qué? No lo sé, pero así es.
Hediondo país de mierda que acrecentas con tu peste mi desinterés, a tí y solo a tí va destinado este brindis.

(M.A.Delgado)

Licencia de Creative Commons
Hediondo país de mierda by M.A.Delgado is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.
Creado a partir de la obra en unagriobeso.blogspot.com.
Permissions beyond the scope of this license may be available at http://unagriobeso.blogspot.com.

Etiquetas: , ,

viernes, agosto 05, 2011

Fabuloso albor

Al abrir los ojos te he visto, inmóvil en la cortina de color rosa, sujeto a ella con tus patas intentando en vano esquivar mis sueños.
Me has llamado involuntariamente, se te ha escapado un tímido silbido mientras fingías petrificarte, y al poco me he incorporado para avisar a mi mitad durmiente de tu presencia.
No he querido asustarte, aunque he sentido tu inquietud al acercarme a tu cuerpo desnudo, tan solo observarte con precisión minuciosa.
Es por eso que te he encerrado en una de mis ensoñaciones, aún no acababa de estar del todo lúcido, dispuesto a acariciar tus antenas con mis legañas.
Tú te has dejado hacer, lo he notado, mientras yo me afanaba en no parpadear durante todo el proceso.
No todos los días un eludesueños se cuela por mi ventana como tú lo has hecho hoy.
Minutos después me has observado aturdido, decidiendo poner fin al climax que hasta ahora nos había embargado, negándome toda opción de huida.
Y así, de un titánico salto que ha terminado por estremecerme, te has despedido sin decirme adiós, planeando a ciegas hasta que he dejado de divisarte en la lejanía.
Una vieja moneda de diez francos ha sido la mísera retribución que has resuelto abandonar sobre mi mesa de noche.
Escasa recompensa para alguien que no ha sabido retenerte a su lado.

(M.A.Delgado)

Licencia Creative Commons
Fabuloso albor por M.A.Delgado se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.
Permisos que vayan más allá de lo cubierto por esta licencia pueden encontrarse en unagriobeso.blogspot.com.

Etiquetas: , ,

domingo, julio 31, 2011

Olvidadizo

Me olvido fácilmente de lo insustancial, de lo que poco o nada me aporta, de lo que no me hace crecer al segundo condenándome al instante a perecer bajo el sustrato de lo convencional, una realidad que aparentemente compartimos y que sin embargo a mí hace ya mucho que dejó de pertenecerme.
Revestir la necesidad de narcisismo no es lo mío, aunque tú hayas decidido emitir la sentencia contraria.
Ojos que no ven, sinrazón que te miente.
Si sólo has sido capaz de advertir una senda te compadezco.
Si existen miles de caminos a tu espalda quédate dónde estás.
Solo hay una travesía posible y esta se encuentra atrapada en una quimera bajo llave.
Reinventa los términos si aún sientes algún apego a lo que un día fueron tus anhelos.
De cualquier manera tu fecha de caducidad siempre asoma en la tapa, solo que a menudo aparece borrosa.
Consúmete preferentemente antes de morir.

(M.A.Delgado)

Licencia Creative Commons
Olvidadizo por M.A.Delgado se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.
Permisos que vayan más allá de lo cubierto por esta licencia pueden encontrarse en http://unagriobeso.blogspot.com/.

Etiquetas: , ,

sábado, julio 30, 2011

Segundo cisma

Hay quienes hablan y hablan sin llegar a decir nunca nada.

Hay quienes se hablan a sí mismos sin importarles lo más mínimo la presencia de un posible contertulio.

Hay quienes creen poseer todas las respuestas renunciando, dogmáticos, a posibles reinterpretaciones.

Hay quienes usan la palabra como si fuera un profiláctico.

Hay quienes hablan a pelo también, aunque luego se arrepientan una vez comprobado el contagio, lenguas venéreas que lamen conceptos pensados por otros con los que más tarde infectan al resto.

Tú y yo no tenemos mucho que decirnos y lo sabes.

Ni yo quiero hablarte ni tú quieres escucharme.


(M.A.Delgado)


Licencia Creative Commons
Segundo cisma por M.A.Delgado se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.
Basada en una obra en unagriobeso.blogspot.com.
Permisos que vayan más allá de lo cubierto por esta licencia pueden encontrarse en http://unagriobeso.blogspot.com/.

Etiquetas: , ,

Primer cisma

Repetir la misma historia sin descanso a diferentes oídos de semejantes características acaba por ser una una vulgar y reiterada masturbación sin llegar a correrse.

El sexo tántrico tiene sus pros y sus contras, el léxico tántrico es una continua pérdida de verbos sin placer.

Resulta francamente complicado confiar en los demás.

La segunda persona del singular entendida como un ente irreal.

La palabra como mecanismo de comunicación para ser escuchada, digerida y asimilada por un organismo de percepción.

¿Hablar o hablarse?

Lucharé con todas mis fuerzas por permanecer callado (no encontré un método mejor con el que sepas entender lo que nunca he querido decir).

Gracias por permanecer sordo a mis susurros, esa era la idea...


(M.A.Delgado)


Licencia Creative Commons
Primer cisma por M.A.Delgado se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.
Basada en una obra en unagriobeso.blogspot.com.
Permisos que vayan más allá de lo cubierto por esta licencia pueden encontrarse en http://unagriobeso.blogspot.com/.

Etiquetas: , ,

miércoles, julio 27, 2011

Virgen

A mis treinta y tres años me desconozco.

Imaginar lo que pudo ser y no fue resulta una tarea poco fructífera y francamente inútil.

A pesar de ello, me descubro a menudo recreándome en mis imperfecciones, malgastando minutos en combatir a un pasado que se ríe de mi a carcajadas, inamovible en su cetro.

Compartir, sin embargo, debería ser la norma que nos impulsara al cambio, siempre perenne y siempre necesario.

No sucede así (esto no es ningún secreto), y cuando das, o has dado, continuamente y en exceso sin recibir nada a cambio comienzas a pensar en el auténtico sentido de la entrega.

Cuestionar el verdadero valor de los sentimientos tampoco tendría por qué ser tan embarazoso.

Amar no es siempre querer lo mejor para el prójimo.

Amar quizá sea lo peor que pueda sucederle a la persona amada, aunque esta no lo sepa una vez entregado ese fruto envenenado.

Odiar, sin embargo, debería ser la más honesta de las necesidades.

No es preciso alarmarse, las palabras no son sino torpes prostitutas incapaces de satisfacer la menor de las exigencias de un amante virgen.


(M.A.Delgado)


Licencia Creative Commons
Virgen por M.A.Delgado se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.
Basada en una obra en unagriobeso.blogspot.com.
Permisos que vayan más allá de lo cubierto por esta licencia pueden encontrarse en http://unagriobeso.blogspot.com/.

Etiquetas: , ,

sábado, julio 23, 2011

Perjurio

Te recuerdo siempre, no consigo evitarte, tal como fuiste y serás, ángel disfrazado de demonio quinceañero para la eternidad, un cuerpo errante con espíritu de pulga deseando saltar, cobijarte en otro cuerpo, eliminarte de ti, supurar...
A ti que nos regalaste lágrimas sonrientes, trozos de sombra tejidos con tus propios dedos, arañándonos la piel sobrante, reclamándonos con ímpetu el amor a gritos, siempre vehemente.
Así, tan imperfecta, te miro cada vez que te pienso, dejándome cegar por tu cabello de mieles y el maquillaje corrido por el llanto, catorce años después de nuestras noches sin luz, deseando romper de nuevo las bombillas que una vez te iluminaron y que ahora vuelven a brillar, desamparadas, para nadie.
Me dicen que te olvide y yo les miento, diciéndoles que sí, que lo haré cuanto antes, sabiendo que al girarse negaré mi parte. No conozco otro medio de pedir perdón, de lamentar mi error ni de invocarte.
Lo siento duende, sé que si me leyeras sabrías perdonarme.

(M.A.Delgado)

Licencia Creative Commons
Perjurio por M.A.Delgado se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.
Basada en una obra en unagriobeso.blogspot.com.
Permisos que vayan más allá de lo cubierto por esta licencia pueden encontrarse en http://unagriobeso.blogspot.com/.

Etiquetas: , ,

viernes, julio 22, 2011

Círculos abiertos

Dejar círculos abiertos es peligroso en exceso. Hay que esforzarse en cerrarlos, por muy doloroso que sea renunciar a parte de lo que una vez fue tuyo o creíste que te perteneció. Ahora bien, encontrar qué o quién marca el fin de esos círculos es lo realmente complicado. Una tarea tan absurda, subjetiva y compleja que nos obliga a menudo a abandonar tal propósito y decidir, como quien deshoja despreocupado una flor encontrada en una de las baldosas quebradas de la acera, volcar nuestra confianza en la más arbitraria de las respuestas descubiertas.

Ha llegado la hora, por tanto, de tomar decisiones. Y reducirse, a lo shuar, tendrá que ser una de ellas, por muy dolorosa que sea la transformación y el desenlace manifiesto. Menos es más, muchos lo han confirmado durante el trayecto, y aunque he tardado demasiado en comprenderlo, he decidido hacer de esta máxima mi desvaído estandarte con el que llegar al más remoto lugar de mi ensueño.

Nunca es demasiado tarde para un nuevo resurgimiento.


(M.A.Delgado)


Licencia Creative Commons
Círculos abiertos por M.A.Delgado se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.
Basada en una obra en unagriobeso.blogspot.com.
Permisos que vayan más allá de lo cubierto por esta licencia pueden encontrarse en http://unagriobeso.blogspot.com/.

Etiquetas: , ,

martes, julio 05, 2011

MÍNIMO CONSENSO


Un humilde servidor une fuerzas junto al magnífico dibujante Raff Feijóo (Manubrio Fanzine) para entregaros estos dos relatos elaborados en tiempo record e ilustrados para la ocasión.
De momento, solo existe una primera edición limitada de 50 ejemplares numerados distribuidos únicamente en Valencia al increíble precio de 1 euro. Podéis buscarlos aquí:

* La tienda Gnomo (Calle Denia 12)
* Librería-Cafetería Slaughterhouse (Calle Denia 22)
* Librería Dadá (MuVIM, Calle Guillem de Castro 8)
* Futurama Comics (Calle Guillem de Castro 53)

¡RÁPIDO QUE VUELAN!

Etiquetas: , , , ,

sábado, junio 18, 2011

La LInterna Mágica Programa #38

Aquí un servidor intercambiando impresiones con Ayoze García y Orlando Santana acerca del cine de Alejandro Jodorowsky, en el programa de radio "La Linterna Mágica" (de Canarias Ahora Radio) del pasado viernes 17 de junio de 2011.


Etiquetas: ,

martes, mayo 31, 2011

Impertérrito animal

Como cada tarde a esas horas, el hombre del traje marrón, un color mucho más feo que el gris (como todo el mundo sabe), regresaba a casa sin prisa, consciente de que nada extraordinario le sucedería al llegar a su destino.

Su jornada diaria había transcurrido sin sobresaltos, idéntica a cualquier otra sucedida con anterioridad, por lo que su rostro, sereno a perpetuidad, conservaba intactas las facciones que le habían hecho merecedor, mes a mes desde que entró a trabajar hacía ya más de un lustro en una pequeña oficina colapsada de carpetas y documentos, del apelativo “Señor Impasible”. Ninguno de sus compañeros, todos varones de mediana de edad de similares, aunque no tan estrictas, características, se referían a él por su nombre real. Probablemente gran parte de ellos, incluso, lo había olvidado. Así, cuando se acercaban a él para hacerle alguna consulta relacionada con el trabajo le llamaban por su apellido, tan vulgar como el de cualquiera de los demás, Ramírez.

Al principio, en sus primeros días en la empresa, todos se esforzaron en ayudarle a coger el ritmo cuanto antes. Igualmente intentaron, en diversas ocasiones (aunque siempre recibiendo una cortés negativa por respuesta), que se uniera a ellos una vez finalizado el trabajo para tomarse una copa en el pub de abajo.

Al llegar a casa, iniciaba un ritual diario que consistía en desvestirse, darse una ducha, preparar algo de cena y salir con ella al exterior de su enorme terraza, donde desarrollaba con genuino placer su afición favorita, la astronomía, a través de un telescopio de dimensiones considerables. Ninguno de sus compañeros conocía esa pasión porque tampoco él había invitado nunca a nadie a su casa. La opacidad de su personalidad se asemejaba a la de una enana marrón descubierta recientemente por los científicos cuya noticia, obvia decirlo, había sido seguida con auténtico regocijo por su parte.

Pero esa noche sucedió algo que acabaría por convertirse en una supernova. Por un descuido, parte de la comida cayó sobre el telescopio mientras cenaba ensimismado mirando a través del juego de lentes, y al intentar limpiarlo, por torpeza, hizo que el mismo dejara de dirigirse hacia las estrellas para tomar una dirección mucho más mundana, la ventana iluminada de un edificio cercano a donde él vivía. Así, al retomar el instrumento, descubrió como la constelación de Andrómeda se había transformado en una hermosa señorita a la que no había visto hasta entonces. En lugar de redirigir el telescopio de nuevo hacia el cielo estrellado, decidió permanecer observando con detenimiento la actuación de esta nueva estrella recién descubierta. Estaba sola en su habitación, sonriendo a una pantalla cuya luz arropaba su rostro mientras movía los dedos con agilidad sobre el teclado. No era más joven que él y sin embargo refulgía con más fuerza que cualquiera de los cuerpos celestes con los que él acostumbraba acostarse cada noche. Se preguntó entonces, por primera vez desde hacía mucho tiempo, por qué había entregado sus últimos años a un universo en el que no se reflejaba. No tardó aquella misteriosa dama en apagar el monitor y la luz de su habitación, haciéndose invisible de nuevo como lo había sido siempre hasta esa noche.

A la mañana siguiente ,se despertó decidido a cambiar ligeros detalles de su hasta ahora invariable rutina. Como comienzo, una vez visitados el cuarto de baño y posteriormente la cocina, se dispuso a llevar el desayuno a la terraza, cosa que nunca hacía, y volvió a mirar en dirección a la ventana de la noche anterior, esta vez sin ayuda del telescopio, con el deseo de volver a ver a esa mujer. La persiana estaba subida y apenas se adivinaba el reflejo de una cortina ligeramente acunada por la brisa matinal. Apuró el café y las tostadas, de cuyo último bocado se desprendió una gota de mermelada de fresa que cayó sobre una de las puntas del cuello de su camisa a cuadros. Corrió hacia la habitación para ponerse otra nueva y vio entonces su imagen reflejada en el espejo del ropero percatándose, también por vez primera desde que vivía en aquel piso, de cuán excesivamente disciplinado había sido hasta ese momento. Decidió sin más, como medida extraordinaria, conservar esa mancha y llevársela consigo al trabajo.

Ninguno de sus compañeros advirtió el pequeño lunar rosado de su camisa aquella mañana. Tampoco ninguno de ellos era de los que se preocupara en exceso por su aspecto. Al darse cuenta de que nadie había tenido la capacidad de juzgar ese descuido al finalizar la jornada, acabó por interpretarlo como una señal de atención que le demostraba haber estado equivocado con ellos durante todo este tiempo.

-¿Bajáis a tomar algo también hoy? -se apresuró a preguntar, una vez que algunos compañeros se levantaron de sus sillas finalizadas sus tareas.

-Claro, como todos los días. ¿Por qué? -preguntó uno de ellos mientras el resto miraban extrañado.

-Es que me… me gustaría ir con vosotros, si no os importa –respondió temeroso, aun sin saber a qué le tenía miedo.

-Pues claro, hombre. Ya era hora de que te animaras a venirte un rato. Esto hay que celebrarlo.

Y el grupo habitual que cada tarde después del trabajo bajaba a tomarse unas cervezas se acercó hacia donde él estaba, todavía atónitos por la determinación del hasta ahora “Señor Impasible” pero decididos a comunicarle su entusiasmo una vez confirmado su cambio de criterio.

La siguiente hora transcurrió entre bromas, comentarios relacionados con asuntos del trabajo y alguna que otra revelación descarada por parte de sus compañeros que, aunque en otra ocasión le hubiera parecido impúdica hoy, para su asombro, le hizo incluso sonreír al oírla.

Qué le había llevado a experimentar semejante cambio de parecer respecto a su, hasta ahora, rancia forma de actuar era algo que ni él mismo comprendía del todo. Si una leve alteración de su comportamiento era capaz de hacerle disfrutar de algo tan pequeño como tomarse unas cervezas junto a sus compañeros de trabajo, ¿qué no podría conseguir si decidiera ser otra persona?, pensó de camino a casa. Decidió entonces repetir lo ocurrido durante la noche anterior.

Una vez completado su habitual aseo nocturno y dispuesto a llevarse el sándwich que había preparado a la terraza, recordó por casualidad las botellas de vino que aguardaban en el mueble bar desde que las extrajo de las últimas cestas de navidad que le habían entregado en la oficina los pasados años. Allí permanecían desde entonces, abandonadas a su suerte, sin esperar siquiera a ser abiertas en alguna ocasión especial pues él había dado por sentado que nunca se produciría semejante ocasión. Tomó una de ellas al azar, sin importarle demasiado la añada ni la bodega que figuraban en la etiqueta, más que nada porque no era entendido en vinos y todos le parecían iguales, y buscó el sacacorchos que su hermana le había regalado tras su viaje al sur de Italia del verano pasado. Aún no lo había estrenado y se fijó en el dibujo que el mismo, un brillante sol sonriente, tenía en uno de los lados. Tomó a su vez una copa cualquiera del juego que su madre le había comprado una vez se fue a vivir solo, hacía ya casi una década, el cual tampoco había sido capaz de encontrar la ocasión adecuada para usarlo. Derramó un poco de líquido sobre el cristal, poco menos de medio vaso, y dio un largo y sonoro sorbo, imitando teatralmente a un sumiller al que había visto no hace mucho en un documental de iniciación a la cata visto por televisión. Aunque no supo adivinar si lo que había bebido le gustaba o le desagradaba, se lo tragó sin más. Decidió a continuación servirse otra copa, esta vez casi llena, intentando encontrar un equilibrio de sabor que justificara seguir bebiendo ese brebaje de color sangre.

Volvió a apuntar su herramienta estelar hacia la ventana de la noche anterior. Al hacerlo, percibió el aturdimiento que aquel líquido púrpura le producía por la falta de costumbre. Sonrió al comprobar su pérdida de reflejos pero aun así pudo situar el objetivo en el ocular. Allí seguía, como si no hubiera pasado el tiempo, la misma chica que descubrió accidentalmente hacía ahora veinticuatro horas. Algo había cambiado, sin embargo. Aquella noche, aunque su rostro seguía siendo iluminado por el resplandor del monitor, ella no sonreía. Pero no sólo eso, le dio la sensación de que lloriqueaba y, como es lógico, desconocía el porqué, detalle que no hizo más que incentivar su apetito de conocer más sobre aquella mujer. ¿Pero cómo?, se preguntó. Nunca antes se había acercado abiertamente a una desconocida y mucho menos iniciando su interés de esta insólita manera, husmeando a través de un pequeño visor. Como no supo qué hacer continuó bebiendo, mientras seguía viéndola enjugarse las pequeñas lágrimas a medida que abandonaban sus ojos.

No pasó mucho tiempo hasta que se quedó dormido en la tumbona de la terraza, fruto de la más de media botella que había ingerido, y cuando abrió los ojos ya asomaban los primeros rayos de sol al otro lado del balcón. Miró instintivamente a la ventana de la desconocida, de nuevo oculta tras la cortina y con la persiana a medio bajar. Sintió a continuación cómo sus sienes palpitaban y un dolor agudo en la parte posterior de la cabeza. “No pienso volver a beber” se dijo, mientras corría al cuarto de baño para refrescarse la cara.

Aquel día comenzaba diferente al resto. Sintió de súbito el desorden en su interior, como nunca antes lo había sufrido. Había estado acostumbrado, desde muy joven, a una austera vida de estudios que posteriormente se había traducido en un puesto de trabajo, también de lo más disciplinado, y apenas había experimentado los naturales altibajos que la vida ofrece a cualquier ser humano, por lo que todo aquello no acababa de entenderlo con excesiva nitidez. Pasar de una relativa euforia a esta indisposición tras una noche nada convencional exigía una catarsis, y no se le ocurrió mejor manera de obtenerla que introduciendo sus dedos hasta el fondo de la garganta con la intención de forzar el vómito, tal como había visto hacer también en alguna película de la televisión. Se acercó a la cocina a continuación, en busca de un analgésico, confiando en que aquel dolor de cabeza desapareciera cuanto antes. Poco después volvió a marcharse al trabajo.

-Pero qué mala cara traes, Ramírez, ¿continuaste la fiesta anoche en casa o qué? -le dijo, nada más verle, uno de los compañeros con los que había estado en el pub el día anterior.

-Me da que el pobre necesita venir más veces con nosotros para acostumbrarse -mencionó otro de ellos mientras él apenas era capaz de ofrecerles a ambos una sonrisa cordial.

Todos regresaron a sus puestos, una vez constataron los efectos de la borrachera de su hoy irreconocible compañero, y él se adentró de lleno en sus tareas, todavía con un considerable malestar.

Tras más de diez largas horas enterrado en la montaña de documentos al fin terminó su jornada de trabajo, quizá la más inacabable de cuantas hubiera vivido hasta entonces entre esas paredes de yeso. De nuevo insistieron en invitarle a tomar unas cervezas.

-Hoy mejor me quedo en casa, pero gracias por el ofrecimiento, de verdad.

Volvía a ser el mismo Ramírez que ellos conocían, aunque esta vez su negativa estaba más que justificada. Se despidió de ellos hasta el día siguiente, confiando en que entonces ya se encontraría mejor como para acompañarles de nuevo tras el trabajo, emprendiendo el camino a casa, tal como había confesado.

Después de un día así, sólo deseaba llegar cuanto antes a su escondite y buscar cobijo bajo las sábanas. Se sentía tan extenuado que si siquiera le apetecía observar esa noche qué se ocultaba al otro lado del tubo así que fue llegar, ponerse el pijama y echarse en la cama a descansar. Recuperar cuanto antes la energía malgastada durante las últimas 22 horas era su único objetivo. Se concentró en el vacío negro de su habitación, en la que la luz no se colaba por ninguna rendija, y decidió no pensar en nada. Perdió la conciencia a los pocos segundos, tan agotado como estaba, y comenzó a soñar con una desconocida cubierta con un pasamontañas que corría por la calle, entraba en un portal abierto, subía a toda prisa por las escaleras y golpeaba con furia la puerta.

-¡Uh! -murmuró al despertarse, conmocionado.

Sonaba con insistencia el timbre de la puerta cuando se incorporó, ese debió ser el motivo de su repentino sobresalto, y aceleró sus movimientos para acercarse al salón con rapidez.

-¿Quién es? -preguntó nervioso, sin molestarse en observar por la mirilla quién estaba al otro lado.

No solo no estaba acostumbrado a que nadie llamara a su puerta sino que además a esas horas resultaba del todo inexplicable. Como nadie contestó, volvió a preguntar, esta vez más alto.

-Hola, ¿me abres, por favor? -era una voz femenina quien pronunciaba estas palabras, una voz de alguien a quien no conocía. Aunque tuvo miedo de abrir, desconociendo los propósitos de aquella extraña, se decidió a hacerlo sin más.

-Hola, ¿quién eres? -preguntó al verla.

-¿Quién eres tú?, debería preguntarte yo a ti -contestó ella, algo asombrada al toparse con aquel tipo inofensivo cubierto con pijama a rayas que parecía sacado de alguna vieja película de los años setenta.

Inmediatamente después, reconoció a la chica que permanecía de pie sobre el felpudo de su puerta esperando una respuesta, reparando al instante en el error que había cometido. La noche anterior, condicionado por el alcohol, dejó el telescopio en dirección a la habitación de aquella chica que ahora aguardaba a un metro escaso de donde él se encontraba. Esa misma noche, cuando llegó del trabajo, abandonó la costumbre de acercarse hasta la terraza, olvidando de esta manera subsanar aquella equivocación.

-No sé a qué te refieres, disculpa. Entra si quieres –mintió, al verse atrapado por la evidencia. No tenía escapatoria.

Ella no dudó en hacerlo, tomando asiento en el sofá y observando con curiosidad el mobiliario y los distintos objetos que allí se encontraban.

-Sé que me estabas espiando, he visto el telescopio desde mi casa. ¿Te parece bonito hacer esas cosas a tu edad? -le regañó, pero como quien riñe a un niño pequeño después de haber hecho algo malo.

-Pues… lo siento. No sé qué decirte. Es difícil de explicar pero no es lo que tú te crees, en serio -contestó él, casi gimoteando.

Ella no respondió. Le enterneció ver a aquel hombre sumiso y siguió mirándole fijamente durante un breve espacio de tiempo, confiando en que aquella confusa disculpa fuera verdad. Después de unos segundos, en los que él hundió su mirada en el suelo sin saber qué hacer ni qué decir, ella se levantó; tal como había entrado se marchó, como si allí no hubiera pasado nada.

Perplejo por lo que había sucedido, Ramírez se apresuró al balcón y retiró con presteza el aparatoso tubo situado sobre el trípode, antes de que nadie más pudiera hacerse eco de la denuncia de aquella chica, si es que finalmente se producía, guardándolo a trompicones en uno de los armarios de la habitación donde almacenaba sus trastos, contigua al salón. Regresó de nuevo hacia la terraza decidido a cerrar las puertas y las cortinas, pero cuando volvió a mirar la ventana de aquella chica con la que hacía unos minutos hablaba, sentada a su lado, pudo comprobar que allí estaba de nuevo, convertida en poco más que una sombra tenuemente iluminada por la lámpara de su habitación. Sucedió algo distinto a aquella noche anterior, su posición había cambiado. Ella se mantenía en pie, sujetando acechante algo entre sus manos. Un par de ojos de cristal que le observaban y le causaron pánico. Ahora era ella quién le observaba tras lo que parecían unos prismáticos.

Como no supo qué hacer decidió no hacer nada. Permaneció estático, como una estatua que mira al horizonte deseando que la contemplen, con la mirada fija en aquella que le devolvía la mirada.

Perdido en un juego de sombras que apenas un par de noches atrás le hubiera resultado imposible de aceptar mantuvo silencio, mudada ya su antigua piel, deleitándose transformado en un impertérrito animal.

“Galaxias que se devoran las unas a las otras” pensó. Quién se lo iba a decir a él.


(M.A.Delgado)


Licencia Creative Commons
Impertérrito animal por M.A.Delgado se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.Permisos que vayan más allá de lo cubierto por esta licencia pueden encontrarse en http://unagriobeso.blogspot.com/.

Etiquetas: , , , ,

sábado, mayo 28, 2011

Zumo de corneta (una revisión del microrrelato-beat "Me da que esta agua sucia no es la cerveza que he pedido" convertido en relato-bop)

Hace ya horas que perdí la cuenta de los tragos que he tomado y aun así tengo tiempo, y fuerzas, para contarte algo. Nada importante, ya me conoces, sé que estás acostumbrada a verme divagar tomando cualquier detalle insignificante y retorciéndolo hasta sacarle el zumo más amargo del que sea capaz; algo que nunca te ha impedido seguir escuchando, o a hacer como que me escuchas, eso nunca lo sabré, habituado como estoy a tu silencio y a tu mirada luminosa pero constantemente esquiva.

Siempre me atrajo tu frialdad, he de reconocerlo, incluso antes de conocerte, y recuerdo con añoranza las primeras ocasiones en las que me acerqué a ti, casi acobardado por la reacción que te producirían mis torpes labios no acostumbrados a tu fino cuello. Qué buenos momentos aquellos en los que la falta de experiencia hacía que cada segundo a tu lado durara horas, siempre descubriendo nuevos matices que me ataban a ti. Debe ser algo parecido a lo que llaman enamoramiento, aunque no me atrevería a hacer mía esa palabra al referirme a lo nuestro. Reconozco que tú nunca pusiste objeción a mis exigencias y quizá esta sea una excelente razón para comprender por qué sigo aquí, contigo, después de tantos años de risas pero también de muchos, y prolongados, llantos.

Pero presiento que me estoy desviando, esta no es la historia que había elegido relatarte hoy. Lo cierto es que necesitaba explicarte, así a grandes rasgos, qué me condujo a este rincón mal iluminado, a esta butaca raída que ya ni soporta mi peso. Así que ahí voy, antes de que Trane me agarre de la oreja y me lleve a la fuerza de viaje allí dond e esté.

La primera vez que llegué a este lugar lo hice como un mendigo, buscando con urgencia un trozo de cartón, en este caso líquido, bajo el que resguardarme del frío de la noche desprendiéndose pesada sobre mi cráneo cubierto de una extensa mata de pelo informe. Entonces lucía una melena considerable, qué gratos recuerdos, y ahora ya no me atrevo más que a raparme al tres la peluca por vergüenza a que se me noten en exceso los primeros atisbos de calvicie. Si esto no sirve para confirmar mi condición de ser apesadumbrado, no sé yo que más tengo que hacer para que entiendas mi rechazo total a la especie humana. Nunca fui lo que se dice el cliente habitual en esta clase de bares y pese a ello me he convertido en asiduo.

Aquel día primitivo jarreaba con fuerza. Me apresuré a llegar hasta la puerta dando pasitos rápidos, aunque no demasiado estéticos, sin llegar a correr y apenas pisando con la parte delantera de los pies, por miedo a caerme y darme una buena hostia contra el suelo húmedo. Hoy en día llevo las mismas botas, míralas, están tan rotas que aún no sé cómo me permiten entrar en un lugar como este. Hasta el alcoholismo tiene sus ventajas, como puedes comprobar. Lo cierto es que son comodísimas pero cuando llueve resbalan que da gusto. Disculpa el desvío, ahora mismo prosigo con la historia. Unos chicos afuera me gritaron “jipi” cuando me aproximaba a la entrada y yo no pude más que detenerme un instante, girarme hacia ellos de modo teatral y ofrecerles mi respuesta favorita: la más mordaz de las sonrisas de las que dispongo encarnada en el dedo índice erecto de mi mano derecha. A lo Johnny Cash, imagínatelo, ya me has visto hacerlo otras veces, pero sin apretar las mandíbulas ni mordiéndome los labios, solo esbozando ese tierno desprecio hacia quien intenta herirte sin tener las armas adecuadas para conseguirlo. Lo suficiente como para que esos imbéciles rabiaran como perras al contemplar mi expresión sarcástica, oponiendo resistencia a su actitud pueril de aprendices de delincuentes de barrio. Como si a mí tuvieran que enseñarme algo esos chavales, de vueltas de todo como estaba ya de aquellas y habiendo pasado por lo mismo más veces de las que hubiera deseado. Recuerdo con nitidez como pude escuchar, además, un tímido “hijodep…” que fue apagándose a medida que la puerta se cerraba detrás de mis botas chorreantes. No fue la primera vez ni la última que alguien me lo llamara, todo hay que decirlo.

Aquí al sur de esta ciudad inmunda todo apesta a desesperada amargura, la misma que mostraban esos niñatos hediondos excitándose al verme acercarme hacia la entrada, buscando a tientas una razón, por diminuta que esta fuera, con la que dotar de cierto sentido a su inanimado deambular diario. Hace tiempo que renuncié a vivir siguiendo las normas impuestas por la sociedad bien pensante. Demasiada hipocresía incluso para mí, que soy capaz de venderme al mejor postor en busca de mi propia satisfacción personal, aunque esta reflexión tampoco venga al caso.

Y el caso es que ahora paso, creo que también lo sabes, hace mucho que dispuse no entregar mi tragedia a aquellos que aun no han conseguido averiguar la verdadera naturaleza de la pasión. Y no me refiero a la mía, qué va, quiero decir cualquier pasión. Por absurda que esta sea merece una entrega absoluta. Y si eres incapaz de saber qué cojones estoy intentando decir con todo esto es que no tienes ni puta idea de lo que significa semejante sentimiento. O eso, o simplemente no estás lo suficientemente borracha como para entenderlo, cosa que te honra. Al menos eso es lo que afirman aquellos que tienen la suficiente fuerza de voluntad como para abandonar el hábito, aunque no sea mi caso como bien puedes comprobar.

A ver, por dónde iba... este Lee Morgan hace que no consiga concentrarme en nada de lo que quería decirte. Una verdadera lástima que también muriera tan joven. Otro más que sumar a la lista de hard-boppers bajo tierra.

Lo cierto es que me apetecía hablarte del club. El sitio en cuestión que me encontré al llegar aquí era una jaula, no muy distinta de la que puedes ver ahora. Perdedores atrapados en la esfera de una copa de ginebra como genios que sestean a la espera de que incautos froten sus barrigotas, esforzándose en un vano intento de hacerlos salir de sus lámparas y exigirles no sé cuantos deseos imposibles que finalmente acaban derivando hacia el sexo, el dinero o el poder. Triste empresa la de estos fracasados que no lo son más que yo. Imaginé barrotes invisibles, ocultos tras las paredes empapeladas con viejos carteles que un día anunciaron noches de ensueño a privilegiados que entonces no eran conscientes de su suerte (si es que pagarle a alguien sus vicios a cambio de unas canciones interpretadas con desgana tiene algo de prodigioso). Las mismas bombillas polvorientas que ves hoy sobre ti aparecían entonces camufladas en lamparitas de fieltro rojo tan gastadas como el tapete de la anciana mesa de billar que ya cojea. Si algo hemos de agradecer a día de hoy es que la competición sobre esa decrépita tabla se ha convertido en todo un reto, mucho más interesante si cabe que el método tradicional de juego. Pegarle a esas bolas descoloridas desafiando las leyes de la física es parecido a reinventar todo ese rollo de las galaxias derribando órbitas a golpe de muñeca. Menudo disparate.

En este lugar, como sabes, solo pinchan jazz. Lo hacían entonces y continúan respetando la norma básica que me lleva una y otra vez a acercarme hasta aquí. Desde el principio me encantó incordiar al que está cerca del plato preguntándole todo tipo de datos acerca de lo que está sonando. Cada vez que vengo me sitúo en el extremo exacto de la barra que da al tocadiscos, como ahora, y si alguien se me ha adelantado ocupando este palco ya me encargo yo de hacer lo imposible para que huya de aquí una vez superado su límite de paciencia, que no suele ser demasiado alto por otra parte.

Las primeras noches toda esta música me sonaba igual. Era incapaz de distinguir un saxo alto de un clarinete así que me dedicaba exclusivamente a utilizar el sonido como mero apoyo a la escalada constante que supone beber sin descanso. A cada nueva melodía preguntaba por los nombres de los discos que estos distintos tipos, dependiendo siempre del día de la semana en el que frecuentara el local, situaban con delicadeza bajo la aguja; siempre acababa naufragando dentro de un océano de nombres de músicos que hasta entonces no conocía. Me costó diferenciar los distintos estilos e incluso adivinar quién se ocultaba tras uno u otro instrumento, pero cuando al fin lo logré (aunque jamás se me ocurriría definirme como un entendido en la materia), me convertí en parte de la escoria habitual del local. Nunca me acerqué a nadie que no fuera el pincha de turno o el camarero, evitando por precepto cualquier tipo de interacción con otro ser humano que se encontrara entre la música y yo.

A medida que regresaba a este antro se incrementaba proporcionalmente mi consumo de alcohol, de manera idéntica a lo que está sucediendo hoy, que te estoy largando sin miramientos toda esta parrafada que seguro no te importa y que a mí, por otro lado, también me trae sin cuidado. Sé que es absurdo pero supongo que utilizo la bebida como un mecanismo de empatía hacia toda esta demente conjunción de contrabajos, vibráfonos y baquetas humeantes. Cuanto más ingiero más nítidamente puedo percibir cada bocanada sobre el instrumento, cada sedosa presión en las teclas llevándome por el camino correcto, incitándome a saltar de una en una hasta el precipicio que conduce al final de la noche, buceando entre notas que no sé distinguir y sin embargo siento exactas, latiendo arrítmicas hasta conseguir detonar mi corazón de gozo.

Sé que no lo entenderás pero necesitaba contártelo, aunque haga rato que no me escuches o no hayas sabido comprender ni una de las palabras que han salido de mi boca durante todo este tiempo. Si has decidido permanecer aquí a mi lado es porque estabas dispuesta a dejarte penetrar por mi lúcida embriaguez. Pero si ahora, después de pensarlo mejor, me consideras un insensato por permitir a un trozo de papel inmiscuirse en nuestra conversación, creo que acabas de firmar tu sentencia de muerte.

Lo ves, ya has conseguido enfadarme. Intuyo que aquí ya no queda suficiente espacio para los dos y estoy deseando que desaparezcas cuanto antes, así que ya puedes ir pensando en irte por dónde viniste, bonita, que en cuanto aparezca el camarero te sustituyo por otra.

“¡Eh, qué pasa!, ¿es que nadie atiende aquí o qué?”

Entre unos y otros me estáis haciendo perder la paciencia, me cago en dios, buscando como un demente una ubicación temporal en mi muñeca desnuda en la que ya no queda ni la marca de la correa. Y lo peor de todo es que seguro que he perdido el reloj en algún remoto rincón de este sitio tan deprimente.

Me da que esta agua sucia no es la cerveza que he pedido, aunque a estas alturas tampoco importe demasiado. No pienso molestarme ni en reclamarle al camarero; debe estar deseando perderme de vista el pobre. Reconozco que puedo llegar a ser un auténtico fastidio cuando bebo demasiado. En estas condiciones prefiero concentrarme en los navajazos que Cannonball y Wynton Kelly lanzan al viento en busca de la mejor frase mientras me pregunto en qué fase me encuentro yo ahora. Ah, sí, ya recuerdo… el sueño de Hassan y toda esa estúpida historia de gatos que maúllan en la madrugada al olor a pescado podrido que desprenden esas prostitutas viejas, colgadas del brazo de sus chulos que cojean sin un triste sombrero de ala ancha que llevarse a esas cabezas destrozadas de tanto pensar en nada. Y así, fantaseando con abandonar mis pulmones en este solo improvisado que no es más que sucio bop en una servilleta manchada de mocos y licor, increpo de nuevo al camarero en busca de otra botella.

Estoy demasiado borracho y ya no sé ni lo que digo. Por desgracia, siempre acaba por llegar este momento exacto cada noche en que me pongo poético. Sé que a este paso voy a colgarme de la cornisa del tejado de un domingo cualquiera. Porque hoy es domingo sí, o esa es la respuesta que acabo de obtener del tipo desconocido de al lado al preguntarle toscamente qué día es hoy. Y aunque soy consciente de que Paul Chambers no debería manosear esas cuerdas intentando volverme más loco de lo que ya estoy, resulta utópica esta vez mi muda petición. El infeliz sorteó como pudo las copas y los picos y sin embargo fue incapaz de superar la edad de Jesucristo. Nunca dejará de sorprenderme, tristemente, la ingente cantidad de talento arrojado a la basura a golpe de agujas hipodérmicas.

Me angustia pensar en los que ya no están más que inmóviles en el surco. Empiezo a sentir arcadas. No me queda nadie con quien hablar y sin embargo sigo haciéndolo. Alguna noche de estas, estoy seguro, toda esta sinrazón acabará. Se pudrirán los pianos y acabaré por pensar que mis quehaceres noctámbulos fueron fruto de mis pesadillas. Hay algo ahí que acaba de llamar mi atención. Estoy mirando como un idiota en dirección al pequeño escenario que se oculta al fondo de la nube generada por la locomotora de cigarrillos y creo ver un fulgor que me grita. Siento de repente el impulso incontrolable de acercarme hasta allí y golpear a alguno de los que están sentados frente a la tarima con aquella trompeta oxidada que reclama descanso en su funda de piel ajada. Pero he de contenerme. No me agradaría dejar de venir a este despojado palacio a causa de un arranque de ira producido por la nostalgia y el alcohol, así que mejor le pido al camarero otra cerveza.

Acabo de descubrir que tengo los pantalones mojados y no sé por qué. Es preciso que esta vez acierte a llevarme el vidrio a la boca.


(M.A.Delgado)


Licencia Creative Commons
Zumo de corneta por M.A.Delgado se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.Permisos que vayan más allá de lo cubierto por esta licencia pueden encontrarse en http://unagriobeso.blogspot.com/..

Etiquetas: , , , ,

jueves, mayo 12, 2011

No cantan pájaros en esta noche de invierno (El Corsal Desastre presenta a Dando Amor)

jueves, mayo 05, 2011

Llegada en falso (microrrelato)

Así como de pronto creí volar, buscando mi camino, soñé por un instante que llegaba y todos a mi paso sonreían en un intento vago de consuelo.
Había perdido a alguien muy cercano y la necesidad de escape apremiaba.
Subí de un salto y vislumbré un futuro que nunca deseé.
-Seguir adelante no es siempre la mejor opción-, pensé.
Quise permanecer allí sentado, recordando la última vez que me esperabas en la estación, pero no supe cómo hacerlo y decidí bajar.
Aquel no era mi tren. Ni estabas tú ni ibas a estar.


(M.A.Delgado)

Etiquetas: , ,

domingo, febrero 27, 2011

Me da que este agua sucia no es la cerveza que he pedido (microrrelato beat)

Me da que este agua sucia no es la cerveza que he pedido aunque tampoco importe demasiado. En estas condiciones prefiero concentrarme en los navajazos que Wynton Kelly y Lee Morgan están lanzando al viento en busca de la mejor frase mientras me pregunto en qué fase me encuentro yo ahora. Ah, sí, ya recuerdo... el sueño de Hassan y toda esa estúpida historia de gatos que maúllan en la madrugada al olor a pescado podrido de prostitutas viejas y chulos que cojean sin un triste sombrero de ala ancha que llevarse a esas cabezas rotas de tanto pensar en nada. Así dejándome los pulmones en este solo improvisado que no es más que sucio bop en una servilleta manchada de mocos y alcohol que apesta a guerra fría. Necesito otra botella. A este paso voy a colgarme de la cornisa del tejado de un domingo cualquiera. Porque hoy es domingo sí, y Paul Chambers no debería manosear esas cuerdas intentado volverme más loco de lo que ya estoy. Siento un impulso incontrolable de golpear a alguien con esta trompeta oxidada que reclama descanso en su funda de piel gastada pero mejor le pido al camarero otra cerveza. Tengo los pantalones mojados y no se por qué. A ver si esta vez acierto a llevarme el vidrio a la boca.


(M.A.Delgado)


Licencia de Creative Commons
Me da que este agua sucia no es la cerveza que he pedido by M.A.Delgado is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported License.

Etiquetas: , ,

sábado, febrero 05, 2011

Sábado de barro y miel

Soy ese que siempre mira hacia otro lado,
el que intenta esquivar tus fogonazos
de realidad disuelta en risas apagadas,
el que improvisa siempre (como ahora)
rencores que el olvido no supo borrar.
El barro esta mañana sabe a miel y sin embargo
tú sigues reclamando una verdad.
¿Por qué?

(M.A.Delgado)

Etiquetas: ,

viernes, septiembre 03, 2010

Regresar es una huida marcha atrás (pero sin nieve).

Etiquetas: ,

domingo, junio 11, 2006

un_agrio_beso@hotmail.com

un_agrio_beso@hotmail.com