Como cada tarde a esas horas, el hombre del traje marrón, un color mucho más feo que el gris (como todo el mundo sabe), regresaba a casa sin prisa, consciente de que nada extraordinario le sucedería al llegar a su destino.
Su jornada diaria había transcurrido sin sobresaltos, idéntica a cualquier otra sucedida con anterioridad, por lo que su rostro, sereno a perpetuidad, conservaba intactas las facciones que le habían hecho merecedor, mes a mes desde que entró a trabajar hacía ya más de un lustro en una pequeña oficina colapsada de carpetas y documentos, del apelativo “Señor Impasible”. Ninguno de sus compañeros, todos varones de mediana de edad de similares, aunque no tan estrictas, características, se referían a él por su nombre real. Probablemente gran parte de ellos, incluso, lo había olvidado. Así, cuando se acercaban a él para hacerle alguna consulta relacionada con el trabajo le llamaban por su apellido, tan vulgar como el de cualquiera de los demás, Ramírez.
Al principio, en sus primeros días en la empresa, todos se esforzaron en ayudarle a coger el ritmo cuanto antes. Igualmente intentaron, en diversas ocasiones (aunque siempre recibiendo una cortés negativa por respuesta), que se uniera a ellos una vez finalizado el trabajo para tomarse una copa en el pub de abajo.
Al llegar a casa, iniciaba un ritual diario que consistía en desvestirse, darse una ducha, preparar algo de cena y salir con ella al exterior de su enorme terraza, donde desarrollaba con genuino placer su afición favorita, la astronomía, a través de un telescopio de dimensiones considerables. Ninguno de sus compañeros conocía esa pasión porque tampoco él había invitado nunca a nadie a su casa. La opacidad de su personalidad se asemejaba a la de una enana marrón descubierta recientemente por los científicos cuya noticia, obvia decirlo, había sido seguida con auténtico regocijo por su parte.
Pero esa noche sucedió algo que acabaría por convertirse en una supernova. Por un descuido, parte de la comida cayó sobre el telescopio mientras cenaba ensimismado mirando a través del juego de lentes, y al intentar limpiarlo, por torpeza, hizo que el mismo dejara de dirigirse hacia las estrellas para tomar una dirección mucho más mundana, la ventana iluminada de un edificio cercano a donde él vivía. Así, al retomar el instrumento, descubrió como la constelación de Andrómeda se había transformado en una hermosa señorita a la que no había visto hasta entonces. En lugar de redirigir el telescopio de nuevo hacia el cielo estrellado, decidió permanecer observando con detenimiento la actuación de esta nueva estrella recién descubierta. Estaba sola en su habitación, sonriendo a una pantalla cuya luz arropaba su rostro mientras movía los dedos con agilidad sobre el teclado. No era más joven que él y sin embargo refulgía con más fuerza que cualquiera de los cuerpos celestes con los que él acostumbraba acostarse cada noche. Se preguntó entonces, por primera vez desde hacía mucho tiempo, por qué había entregado sus últimos años a un universo en el que no se reflejaba. No tardó aquella misteriosa dama en apagar el monitor y la luz de su habitación, haciéndose invisible de nuevo como lo había sido siempre hasta esa noche.
A la mañana siguiente ,se despertó decidido a cambiar ligeros detalles de su hasta ahora invariable rutina. Como comienzo, una vez visitados el cuarto de baño y posteriormente la cocina, se dispuso a llevar el desayuno a la terraza, cosa que nunca hacía, y volvió a mirar en dirección a la ventana de la noche anterior, esta vez sin ayuda del telescopio, con el deseo de volver a ver a esa mujer. La persiana estaba subida y apenas se adivinaba el reflejo de una cortina ligeramente acunada por la brisa matinal. Apuró el café y las tostadas, de cuyo último bocado se desprendió una gota de mermelada de fresa que cayó sobre una de las puntas del cuello de su camisa a cuadros. Corrió hacia la habitación para ponerse otra nueva y vio entonces su imagen reflejada en el espejo del ropero percatándose, también por vez primera desde que vivía en aquel piso, de cuán excesivamente disciplinado había sido hasta ese momento. Decidió sin más, como medida extraordinaria, conservar esa mancha y llevársela consigo al trabajo.
Ninguno de sus compañeros advirtió el pequeño lunar rosado de su camisa aquella mañana. Tampoco ninguno de ellos era de los que se preocupara en exceso por su aspecto. Al darse cuenta de que nadie había tenido la capacidad de juzgar ese descuido al finalizar la jornada, acabó por interpretarlo como una señal de atención que le demostraba haber estado equivocado con ellos durante todo este tiempo.
-¿Bajáis a tomar algo también hoy? -se apresuró a preguntar, una vez que algunos compañeros se levantaron de sus sillas finalizadas sus tareas.
-Claro, como todos los días. ¿Por qué? -preguntó uno de ellos mientras el resto miraban extrañado.
-Es que me… me gustaría ir con vosotros, si no os importa –respondió temeroso, aun sin saber a qué le tenía miedo.
-Pues claro, hombre. Ya era hora de que te animaras a venirte un rato. Esto hay que celebrarlo.
Y el grupo habitual que cada tarde después del trabajo bajaba a tomarse unas cervezas se acercó hacia donde él estaba, todavía atónitos por la determinación del hasta ahora “Señor Impasible” pero decididos a comunicarle su entusiasmo una vez confirmado su cambio de criterio.
La siguiente hora transcurrió entre bromas, comentarios relacionados con asuntos del trabajo y alguna que otra revelación descarada por parte de sus compañeros que, aunque en otra ocasión le hubiera parecido impúdica hoy, para su asombro, le hizo incluso sonreír al oírla.
Qué le había llevado a experimentar semejante cambio de parecer respecto a su, hasta ahora, rancia forma de actuar era algo que ni él mismo comprendía del todo. Si una leve alteración de su comportamiento era capaz de hacerle disfrutar de algo tan pequeño como tomarse unas cervezas junto a sus compañeros de trabajo, ¿qué no podría conseguir si decidiera ser otra persona?, pensó de camino a casa. Decidió entonces repetir lo ocurrido durante la noche anterior.
Una vez completado su habitual aseo nocturno y dispuesto a llevarse el sándwich que había preparado a la terraza, recordó por casualidad las botellas de vino que aguardaban en el mueble bar desde que las extrajo de las últimas cestas de navidad que le habían entregado en la oficina los pasados años. Allí permanecían desde entonces, abandonadas a su suerte, sin esperar siquiera a ser abiertas en alguna ocasión especial pues él había dado por sentado que nunca se produciría semejante ocasión. Tomó una de ellas al azar, sin importarle demasiado la añada ni la bodega que figuraban en la etiqueta, más que nada porque no era entendido en vinos y todos le parecían iguales, y buscó el sacacorchos que su hermana le había regalado tras su viaje al sur de Italia del verano pasado. Aún no lo había estrenado y se fijó en el dibujo que el mismo, un brillante sol sonriente, tenía en uno de los lados. Tomó a su vez una copa cualquiera del juego que su madre le había comprado una vez se fue a vivir solo, hacía ya casi una década, el cual tampoco había sido capaz de encontrar la ocasión adecuada para usarlo. Derramó un poco de líquido sobre el cristal, poco menos de medio vaso, y dio un largo y sonoro sorbo, imitando teatralmente a un sumiller al que había visto no hace mucho en un documental de iniciación a la cata visto por televisión. Aunque no supo adivinar si lo que había bebido le gustaba o le desagradaba, se lo tragó sin más. Decidió a continuación servirse otra copa, esta vez casi llena, intentando encontrar un equilibrio de sabor que justificara seguir bebiendo ese brebaje de color sangre.
Volvió a apuntar su herramienta estelar hacia la ventana de la noche anterior. Al hacerlo, percibió el aturdimiento que aquel líquido púrpura le producía por la falta de costumbre. Sonrió al comprobar su pérdida de reflejos pero aun así pudo situar el objetivo en el ocular. Allí seguía, como si no hubiera pasado el tiempo, la misma chica que descubrió accidentalmente hacía ahora veinticuatro horas. Algo había cambiado, sin embargo. Aquella noche, aunque su rostro seguía siendo iluminado por el resplandor del monitor, ella no sonreía. Pero no sólo eso, le dio la sensación de que lloriqueaba y, como es lógico, desconocía el porqué, detalle que no hizo más que incentivar su apetito de conocer más sobre aquella mujer. ¿Pero cómo?, se preguntó. Nunca antes se había acercado abiertamente a una desconocida y mucho menos iniciando su interés de esta insólita manera, husmeando a través de un pequeño visor. Como no supo qué hacer continuó bebiendo, mientras seguía viéndola enjugarse las pequeñas lágrimas a medida que abandonaban sus ojos.
No pasó mucho tiempo hasta que se quedó dormido en la tumbona de la terraza, fruto de la más de media botella que había ingerido, y cuando abrió los ojos ya asomaban los primeros rayos de sol al otro lado del balcón. Miró instintivamente a la ventana de la desconocida, de nuevo oculta tras la cortina y con la persiana a medio bajar. Sintió a continuación cómo sus sienes palpitaban y un dolor agudo en la parte posterior de la cabeza. “No pienso volver a beber” se dijo, mientras corría al cuarto de baño para refrescarse la cara.
Aquel día comenzaba diferente al resto. Sintió de súbito el desorden en su interior, como nunca antes lo había sufrido. Había estado acostumbrado, desde muy joven, a una austera vida de estudios que posteriormente se había traducido en un puesto de trabajo, también de lo más disciplinado, y apenas había experimentado los naturales altibajos que la vida ofrece a cualquier ser humano, por lo que todo aquello no acababa de entenderlo con excesiva nitidez. Pasar de una relativa euforia a esta indisposición tras una noche nada convencional exigía una catarsis, y no se le ocurrió mejor manera de obtenerla que introduciendo sus dedos hasta el fondo de la garganta con la intención de forzar el vómito, tal como había visto hacer también en alguna película de la televisión. Se acercó a la cocina a continuación, en busca de un analgésico, confiando en que aquel dolor de cabeza desapareciera cuanto antes. Poco después volvió a marcharse al trabajo.
-Pero qué mala cara traes, Ramírez, ¿continuaste la fiesta anoche en casa o qué? -le dijo, nada más verle, uno de los compañeros con los que había estado en el pub el día anterior.
-Me da que el pobre necesita venir más veces con nosotros para acostumbrarse -mencionó otro de ellos mientras él apenas era capaz de ofrecerles a ambos una sonrisa cordial.
Todos regresaron a sus puestos, una vez constataron los efectos de la borrachera de su hoy irreconocible compañero, y él se adentró de lleno en sus tareas, todavía con un considerable malestar.
Tras más de diez largas horas enterrado en la montaña de documentos al fin terminó su jornada de trabajo, quizá la más inacabable de cuantas hubiera vivido hasta entonces entre esas paredes de yeso. De nuevo insistieron en invitarle a tomar unas cervezas.
-Hoy mejor me quedo en casa, pero gracias por el ofrecimiento, de verdad.
Volvía a ser el mismo Ramírez que ellos conocían, aunque esta vez su negativa estaba más que justificada. Se despidió de ellos hasta el día siguiente, confiando en que entonces ya se encontraría mejor como para acompañarles de nuevo tras el trabajo, emprendiendo el camino a casa, tal como había confesado.
Después de un día así, sólo deseaba llegar cuanto antes a su escondite y buscar cobijo bajo las sábanas. Se sentía tan extenuado que si siquiera le apetecía observar esa noche qué se ocultaba al otro lado del tubo así que fue llegar, ponerse el pijama y echarse en la cama a descansar. Recuperar cuanto antes la energía malgastada durante las últimas 22 horas era su único objetivo. Se concentró en el vacío negro de su habitación, en la que la luz no se colaba por ninguna rendija, y decidió no pensar en nada. Perdió la conciencia a los pocos segundos, tan agotado como estaba, y comenzó a soñar con una desconocida cubierta con un pasamontañas que corría por la calle, entraba en un portal abierto, subía a toda prisa por las escaleras y golpeaba con furia la puerta.
-¡Uh! -murmuró al despertarse, conmocionado.
Sonaba con insistencia el timbre de la puerta cuando se incorporó, ese debió ser el motivo de su repentino sobresalto, y aceleró sus movimientos para acercarse al salón con rapidez.
-¿Quién es? -preguntó nervioso, sin molestarse en observar por la mirilla quién estaba al otro lado.
No solo no estaba acostumbrado a que nadie llamara a su puerta sino que además a esas horas resultaba del todo inexplicable. Como nadie contestó, volvió a preguntar, esta vez más alto.
-Hola, ¿me abres, por favor? -era una voz femenina quien pronunciaba estas palabras, una voz de alguien a quien no conocía. Aunque tuvo miedo de abrir, desconociendo los propósitos de aquella extraña, se decidió a hacerlo sin más.
-Hola, ¿quién eres? -preguntó al verla.
-¿Quién eres tú?, debería preguntarte yo a ti -contestó ella, algo asombrada al toparse con aquel tipo inofensivo cubierto con pijama a rayas que parecía sacado de alguna vieja película de los años setenta.
Inmediatamente después, reconoció a la chica que permanecía de pie sobre el felpudo de su puerta esperando una respuesta, reparando al instante en el error que había cometido. La noche anterior, condicionado por el alcohol, dejó el telescopio en dirección a la habitación de aquella chica que ahora aguardaba a un metro escaso de donde él se encontraba. Esa misma noche, cuando llegó del trabajo, abandonó la costumbre de acercarse hasta la terraza, olvidando de esta manera subsanar aquella equivocación.
-No sé a qué te refieres, disculpa. Entra si quieres –mintió, al verse atrapado por la evidencia. No tenía escapatoria.
Ella no dudó en hacerlo, tomando asiento en el sofá y observando con curiosidad el mobiliario y los distintos objetos que allí se encontraban.
-Sé que me estabas espiando, he visto el telescopio desde mi casa. ¿Te parece bonito hacer esas cosas a tu edad? -le regañó, pero como quien riñe a un niño pequeño después de haber hecho algo malo.
-Pues… lo siento. No sé qué decirte. Es difícil de explicar pero no es lo que tú te crees, en serio -contestó él, casi gimoteando.
Ella no respondió. Le enterneció ver a aquel hombre sumiso y siguió mirándole fijamente durante un breve espacio de tiempo, confiando en que aquella confusa disculpa fuera verdad. Después de unos segundos, en los que él hundió su mirada en el suelo sin saber qué hacer ni qué decir, ella se levantó; tal como había entrado se marchó, como si allí no hubiera pasado nada.
Perplejo por lo que había sucedido, Ramírez se apresuró al balcón y retiró con presteza el aparatoso tubo situado sobre el trípode, antes de que nadie más pudiera hacerse eco de la denuncia de aquella chica, si es que finalmente se producía, guardándolo a trompicones en uno de los armarios de la habitación donde almacenaba sus trastos, contigua al salón. Regresó de nuevo hacia la terraza decidido a cerrar las puertas y las cortinas, pero cuando volvió a mirar la ventana de aquella chica con la que hacía unos minutos hablaba, sentada a su lado, pudo comprobar que allí estaba de nuevo, convertida en poco más que una sombra tenuemente iluminada por la lámpara de su habitación. Sucedió algo distinto a aquella noche anterior, su posición había cambiado. Ella se mantenía en pie, sujetando acechante algo entre sus manos. Un par de ojos de cristal que le observaban y le causaron pánico. Ahora era ella quién le observaba tras lo que parecían unos prismáticos.
Como no supo qué hacer decidió no hacer nada. Permaneció estático, como una estatua que mira al horizonte deseando que la contemplen, con la mirada fija en aquella que le devolvía la mirada.
Perdido en un juego de sombras que apenas un par de noches atrás le hubiera resultado imposible de aceptar mantuvo silencio, mudada ya su antigua piel, deleitándose transformado en un impertérrito animal.
“Galaxias que se devoran las unas a las otras” pensó. Quién se lo iba a decir a él.
(M.A.Delgado)
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